Mochileros por Chile

¡Buen día lagartijos! hoy me he levantado melancólico, me he puesto a ver fotos y ... me han entrado ganas de contaros. Y hoy voy a redactar algo muy importante en la vida tanto de Belén como mía. ¡Nuestra primera experiencia como mochileros del mundo! Va a estar interesante, así que sumergíos en la historia porque va para rato.

Después de un tiempo ya en Chile, Belén y yo hemos logrado sentirnos totalmente cómodos en casa, hemos hecho muchas amistades y hemos encontrado confianza y tranquilidad. También en la universidad, Belén no ha tenido problema de relacionarse con los pocos compañeros Biólogos y Acuícolas que tiene, ya que son todos geniales, especialmente tres chicas que la acogieron en su primera práctica de carrera, con una sonrisa de oreja a oreja a las 8:30 de la mañana (que ya tiene mérito) y con muchas ganas y curiosidad por conocerla. Ellas no lo saben aún pero Belén les agradece en el alma que fueran así de buenas con ella y les guarda mucho cariño.

Calle Eleuterio Ramírez (Osorno, Chile) 
El caso, que una vez adaptados y tranquilos, como es normal, mi compañera de viaje y yo nos empezamos a aburrir, así que decidimos organizar un viaje al norte de Chile, en busca de líos, como no. A nosotros se nos sumaron los imprescindibles, Carlota y Rubén. Se que de Carlota os he hablado en alguna ocasión pero soy consciente de que no he mencionado a Rubén aún en este cuento.
Sí, lo se, es culpa mía, perdonadme pero soy un lagartijo celoso. Yo he sido por años el compañero de equipo de Belén, y llega el... y bueno...

El fue la primera persona con la que Belén cruzó el Atlántico, la persona más cercana en sus primeros días de incertidumbre en Chile y básicamente se convirtió en poco tiempo en un hermano mayor, compañero de aventuras y amigo. Ala, ya sabéis quien es, pero no me va a quitar el puesto de compañero de equipo,  que lo sepáis, me niego. Este lagartijo no compite.

Emprendiendo el viaje, salimos de la terminal de autobuses de Osorno un domingo a las 22:30 de la noche. 12 horas de viaje, 12 horas sobando como marmotas. Llegamos por la mañana a la capital, ¡Santiago de Chile! ¡por fin!, mochilas a la espalda y a andar. Nos hospedamos en un hostal multicultural increíble, se llama La Casa Roja y allí dormíamos en una habitación de 10 plazas con 7 guiris más, vaya panorama.

Tras salir del hostal, fuimos a dar una vuelta por el centro y en los dos días que estuvimos allí decidimos ir a visitar los Cerros, el de Santa Lucía, pequeñito y precioso y el cerro de San Cristobal, simplemente espectacular. En este último nos sentamos al bordillo de la nada y contemplamos tomando un mote con huesillo la inmensidad de Santiago al atardecer, mientras nos echábamos unas risas. Te das cuenta de lo pequeños e insignificamentes que somos cuando ves el mundo a tus pies. Impresionante.

Cerro de San Cristóbal (Santiago de Chile)

Segunda parada, Valparaiso, la ciudad de colores, donde se respiran aires bohemios y alegría. Belén quedo prendada de Valpo. Allí nos hospedamos en el hostal ''La Bicicleta'', propiedad de un francés vivaracho y risueño que nos aconsejó lo que visitar de la ciudad mientras nos ofrecía café frío en sus tazas antiguas.

Así que empezamos a patear de nuevo; una cuesta, otra subida, otro cerro, las piernas lo notan (las mías no que yo voy colgado en una oreja jejeje). Pero dentro de Belén siento como el cansancio es insignificante cuando miras a tu alrededor y solo ves vida y color. Con la boca abierta íbamos contemplando cada graffiti, cada obra de arte en mayúscula de las callejuelas de Valparaiso. En nuestro recuerdo queda una imagen fotográfica de la ciudad de noche con miles de lucecitas amarillas encendidas, como si fueran luciérnagas a lo lejos. Como hipnotiza esta ciudad.

 
Cerro alegre (Valparaíso) 

Cerro alegre (Valparaíso)
                                                             

Quinto día, amanecemos derrotados, pero hoy toca ir a Viña del mar, ¡VAMOS! ¡HOY TOCAMOS EL PACÍFICO!
He de decir que fuimos con tanta emoción que nos pasamos de parada en el tren. Pero al fin logramos llegar y conocer la ciudad, su famoso reloj, nos encontramos con un grupo de huasos que bailaban Cueca (baile típico chileno) y con los que nos divertimos un rato. Llegó la hora de comer (he de decir que durante una semana nos alimentamos de pan con salchichon, pero bueno, eso es lo de menos); total que bajamos a la playa. Los ojos de Belén brillaban de ilusión, por fin el pacífico delante tuya, ahí tienes un sueño cumplido niñita. En las rocas había pelícanos y el mar era bastante claro y bastante bravo. No pudimos aguantar más, fuera ropa, a correr y al agua pato, ¡Joder que fría! fue la frase sin excepción que los tres repetimos. Vaya sensación de plenitud, de felicidad, Belén vuelve a ser niña otra vez, la veo feliz y riendo a carcajadas y el color verde de mi piel escamosa se vuelve intenso de alegría.

Paseo marítimo (Viña del mar)

Paseo marítimo (Viña del mar)
A la vuelta a casa estábamos mojados, llenos de arena por fuera y de pan con salchichón por dentro, cansados y con unas pintas dignas de ver, pero como mereció la pena. Cada uno cayó en su cama rendido con la idea de que a la mañana siguiente partíamos a casa.

Volvimos a Osorno con dos cosas al hombro, una pedazo de mochila y una pedazo de experiencia.
Así que os doy un consejo para terminar mi larga historia, que también soy un lagartijo didáctico.

                                                         Salid a vivir, merece la pena.

Palacio de la moneda (Santiago de Chile)

Abrazos lagartijosos.


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