De cuando estuvimos en Pucón y Villarica

¡Hola lagartijos! Hoy vengo a contaros una historia que ocurrió por Noviembre (que en este hemisferio viene a ser, comienzos de primavera).

Por estas fechas Belén y Rubén estaban ya hartos de estar en Osorno y en casa, demasiada rutina. Rubén decidió irse a conocer dos ciudades pequeñas con mucho atractivo turístico por su lago, sus espacios naturales y sobre todo, su volcán, y Belén sin perder la ocasión dijo al momento que se preparaba su mochila y se iba con él. 

Debido a la circunstancia económica de estudiantes de ambos (vamos, que estaban tiesos), decidieron irse haciendo autostop, y fue la mejor idea que pudieron tener. Entre la ida y la vuelta, nos pararon varios coches y dos camiones. Todos muy amables y habladores, así que conocimos un montón de historias de esos desconocidos. Entre ellos había un chileno que fue en busca de su amigo argentino, y que iban discutiendo entre risas con los piques típicos de los países vecinos. O una pareja que en su juventud había sido mochilera, y que ahora se dedicaban al negocio de la hostelería. También un camionero que se cambiaba al día 3 veces de ropa (y aún así su camión seguía oliendo a sudor). 



Una vez que llegamos a Villarrica, estos dos con sus mochilones a cuestas y sin saber donde íbamos a dormir, lo primero que vimos fue el lago Villarica y su volcán de fondo, y como no teníamos un plan mejor, nos tiramos en lo verde de la orilla del lago y nos echamos una siesta privilegiada, por las vistas, para recuperar fuerzas. 



Luego fuimos en busca de un techo y a por algo de comida (que, generalmente en los viajes suelen ser bocadillos de salchichón y agua, y vas que chutas). Con toda la suerte del mundo, encontramos una casa de abuelitos entrañables que nos ofrecían hospedaje durante el fin de semana, así que allí nos quedamos, y Belén y Rubén aprovecharon para preguntarles que debíamos conocer. 

Al día siguiente siguiendo los consejos de los abueletes, visitamos la playa blanca, la cual, como su propio nombre indica, tenía una arena blanca y fina espectacular. No voy a describirla mucho más, las fotos hablarán por mi. Recuerdo que allí nos reímos mucho ya que al tener que cruzar un riachuelo, Belén se quitó los zapatos y se los tiró al otro lado a Rubén, y no es que Belén tenga muy buena puntería, así que digamos que Rubén casi se queda sin gafas de un zapatazo. 
De allí fuimos a los ojos del Caburga (quien dice fuimos dice que nos tiramos 3 o 4 horas andando) porque Rubén y Belén preguntaban a los lugareños si faltaba mucho y todos les decían que las cascadas estaban ahí al lado ¿Ahí al lado? y casi no llegamos entre calor y cansancio, menos mal que amenizaban el viaje con risas y bromas tontas (y menos mal que yo voy colgando de una oreja y no tengo que andar), pero todo mereció la pena. Los ojos del Caburga eran una especie de cascadas de azul intenso que confluían en un mismo agujero y, os confieso que estuvimos a punto de bañarnos porque eran impresionantes. Esa noche llegamos a casa derrotados pero salimos a dar un paseo y a cenar algo por allí, al día siguiente tocaba conocer Pucón, y vaya si lo conocimos.

                              
                                          Ojos del Caburgua (Pucón)   
          
Playa blanca, Caburgua (Pucón)

                              
                                  Ojos del Caburgua (Pucón)








    
Playa blanca, Caburgua (Pucón)














A la mañana siguiente, mientras paseábamos tranquilamente por Pucón, vimos un cartel donde ofrecían Rafting y otras actividades de aventuras, y allí que fuimos los tres a meternos a un río y a remar a toda velocidad entre los rápidos, ahí si que quedamos empapados ¡y encima a mi no me dieron casco! Belén y Rubén disfrutaban como locos, pero esta lagartija estaba un poco asustada, todo hay que reconocerlo, ¿Qué esperabais? ¿Que yo fuera indestructible? ¡Pues no pendejos! recuerden que soy un reptil y encima un reptil de plata, por lo tanto ¡No se nadar! y no se hable más del tema, que no me gusta mostrar mis debilidades. 


Acabando el fin de semana, echamos un buen ratito en otra parte del lago, comimos algo para reponer energías antes de partir, y comenzamos nuestra vuelta aventurera a dedo. 

Os podéis imaginar con las pintas y el cansancio que llegamos a Osorno, pero como se dice en mi tierra... ¡que nos quiten lo bailao'! 

Esta sí que fue una aventura en mayúsculas. Y todo es más fácil cuando se está bien acompañado. 



Besos Raftineros de lagartijo. Para la próxima entrada, prometo quitarme el miedo al agua.
Pd. Ahí os dejo una fotillo mía, que hubo un rato que me personifiqué porque no aguantaba más en ese pendiente rígido, mirad lo guapo que soy.



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